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Amor Fati

O cómo llegué a operarme de glaucoma


“Amor Fati es la aventura de una adolescente que recorre los rincones de su historia para llegar a entender por qué padece una enfermedad considerada la segunda causa de ceguera en el mundo.


A través de la voz de una niña casi adulta, este viaje se conforma con la presentación de un trabajo enciclopédico donde explica el relato de su familia a partir del recuerdo o del recuerdo de recuerdos.”


Texto: Yaiza Ramos
Ilustraciones: Pablo Goñi y Miriam Goñi










Capítulo 1: El Glaucoma


El glaucoma es la segunda causa de ceguera en el mundo. Es una enfermedad silenciosa. Silenciosa significa que no hace ruido. No hacer ruido en algo relativo a una enfermedad puede querer decir que no ocasiona dolor. El dolor es una sensación física que sufrimos los humanos por ser demasiado conscientes de nuestro cuerpo. El cuerpo es aquello que llevamos a cuestas que va cambiando según nuestra edad, lo enemigos que seamos de la gravedad o las alteraciones de la salud que nos puedan surgir. Cuando una persona trata de convertirse en un adulto experimenta un dolor silencioso en su alma porque tiene que madurar. Madurar es el trayecto de alguien tratando de llegar a la mejor versión de sí mismo.


Cuando yo descubrí qué era el glaucoma, inevitablemente, me senté en el vagón de la madurez dudando si la mejor versión de mí misma podría existir con una enfermedad crónica. Crónica significa que dura para siempre.


Y así es el glaucoma: una enfermedad que te va robando la visión periférica paulatinamente y cuando te percatas de ello es demasiado tarde para salvar tu visión. Es algo parecido a dibujar una espiral de ceguera desde el perímetro del ojo hasta llegar al centro. Una vez en el centro se puede deshacer el camino, pero ese camino ya será un sendero totalmente invidente. Este trastorno de la salud me satisfizo durante un tiempo por ser la excusa perfecta para excluirme de cualquier definición de alguien normal en mi adolescencia. La adolescencia es un periodo de tu vida en el que haces muchas tonterías porque todo el mundo se cree que eres tonto, pero en realidad sólo eres una niña que desea ser mayor.


Mientras yo me hacía la tonta deseando ser mayor me detectaron un glaucoma congénito. Congénito es una marca que tenemos algunos hecha con un hierro candente. Desde entonces, estoy obligada a medicarme hasta el resto de mi vida con estos colirios. Lo cual, a mí, con mis quince años, me parecía un gran coñazo. Coñazo es una expresión patriarcal muy extendida que denota algo insoportable y que proviene de coño. El coño, curiosamente, es de donde provenimos todos.


NOTA: A partir de ahora, la mujer adulta que es mi madre pasará a denominarse directamente madre. Del mismo modo, cuando aparezca el hombre adulto que es mi padre será nombrado únicamente como padre. Madre y padre no pueden identificarse como únicas causas del glaucoma anteriormente definido. Véase la siguiente escena en la que un bocadillo de calamares aparece como principal sospechoso.




Capítulo 2: Las primeras gafas de mi madre


Este es mi abuelo Manolo, padre de mi madre. Mi abuelo Manolo era ciego total. Ciego total quiere decir que no percibe ni luces ni sombras en su visión, que no ve. Este es mi abuelo Manolo llorando al lado de mi madre de catorce años. 1974.

Mi abuelo Manolo trabajaba todos los días vendiendo cupones. No libraba nunca, dice mi madre. Ese día de 1974, la ONCE le dio un día de fiesta porque había muerto su madre. Este es mi abuelo Manolo escapando del funeral y cogiendo a su hija del brazo para pasear un poco.



MADRE: Papá, ahora estamos enfrente de Modas Salcedo a punto de llegar a la calle Gondomar.


YAIZA: Modas Salcedo es prácticamente la única tienda con personalidad que queda en el centro de Córdoba. Lo demás son sólo franquicias o tiendas para guiris.


ABUELO MANOLO: Vamos, tesorito. Vamos a la óptica de mi amigo de al lao de las Tendillas.


Esa tarde le detectaron a mi madre glaucoma congénito.


Creo que mi madre recuerda ese día porque fue la primera vez que acudió a una óptica. La adolescente que acabaría siendo mi madre estaría sorprendida por la cantidad de utensilios nuevos que había descubierto y, seguramente, sentía una gran necesidad por tocarlo todo. Pero el abuelo Manolo tenía muy buen oído y podía identificar perfectamente dónde y qué estabas haciendo. Mi madre, reprimiendo sus impulsos de conocer a esos aparatos futuristas, se quedó lo más quieta posible y aguantó la respiración de forma totalmente innecesaria mientras le miraban sus ojos teñidos de un glaucoma con pretensiones de traspasar generaciones.


ÓPTICO: Pues a esta niña va a haber que ponerle gafas.


Este es mi abuelo Manolo llorando.


No sé si de impotencia. Desconozco hasta qué punto sabía que él podría transmitir esa enfermedad a sus diez hijos como lo hizo su padre. Su padre, el señor José Marcelino, acabó perdiendo la visión y vendiendo cupones como él. Yo no llegué a conocer a mi abuelo Manolo pero sé que esas lágrimas fueron duras para mi madre porque las nombra siempre.


MADRE: Papá, ¿qué pasa?


Esta es mi madre poniéndose sus primeras gafas. Esta es mi madre con sus primeras gafas mirando a su padre en silencio. Esta es mi madre de catorce años ignorando que le acababan de detectar un glaucoma congénito. El abuelo Manolo nunca le dijo a mi madre que tenía glaucoma. 


Puede que haya algo peor que padecer una enfermedad silenciosa. Puede que el silencio de un padre sea mucho más duro.




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