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Un Amante Invisible


Toca hablar de danza, toca revisar mi gran amante. Tuve una maestra que decía que la danza era el amante más exigente que uno se puede echar a la cara, con el tiempo y con la nostalgia que recorre mi cuerpo de arriba abajo, afirmó y reafirmo que esta sentencia tan grotesca es cierta. Muchas veces pienso qué sería de mí si alguien que tanto me quisiera, como es mi caso con la danza, me dejara sin ningún pudor en el lugar del amante. Y no solo en el del amante, sino en el de amante exigente.


Texto: Fermín Astrain
Modelos: Laura Pérez y Fermín Astrain
Fotografías: Pablo Goñi







Fermín Astrain: "Un Amante Invisible"


Hay muchas veces que uno encuentra momentos extraños para escribir sobre cosas que aparentemente no tienen nada que ver con el lugar en el que esa pulsión nace. Creo que si le doy unas vueltas, acabo entendiendo por qué el tren siempre alberga una nostalgia que a mí personalmente me moviliza. ¿Por qué siempre el tren? 


Toca hablar de danza, toca revisar mi gran amante. Tuve una maestra que decía que la danza era el amante más exigente que uno se puede echar a la cara, con el tiempo y con la nostalgia que recorre mi cuerpo de arriba abajo, afirmó y reafirmo que esta sentencia tan grotesca es cierta. Muchas veces pienso qué sería de mí si alguien que tanto me quisiera, como es mi caso con la danza, me dejara sin ningún pudor en el lugar del amante. Y no solo en el del amante, sino en el de amante exigente.


Siento que como con los amantes, en el fondo muy fondo, me toca sentir piedad, piedad por esa carga que llevan encima, por haber estado dispuestos a hacer poesía con alguien que a su vez la hace con otros. Un arte compartido, compartido por todas las del gremio, pero selectivo para unas pocas. Debo sentir piedad por la danza, piedad por lo genuina que fue y lo maliciosa que la he convertido, por hacerla ser mi apéndice central durante años tan turbulentos. 


Suena un poco folclórico de más pero mi gran amante es la danza española, un amante lolailo con un carisma especial, distinguido y elegante. No todos consiguen conectar con esa pasión que desprende, con ese rojo que le define, con ese fuego y esa tierra tan singular. Nadie ha tenido el valor de cuestionar la forma que estamos teniendo desde la profesión de inmortalizar este amor y este arte inmaterial, creo que ahí reside el gran error. Nos hemos encargado de tomar el relevo de los antiguos con una falta de sentido crítico abismal, no tomamos como referencia otras corrientes artísticas que a lo largo de los años han estado abiertas al cambio y por ello en un huracán de progreso y transformación. De ahí que surjan semejantes debates hoy en día que intentan pescarnos con una “preocupación” por la ruptura de su singularidad.



Tenemos un tesoro antiguo que debemos mantener y cuidar, pero no podemos ser víctimas del anacronismo y conformarnos con algo que tiempo atrás ha demostrado no suscitar el interés suficiente para nosotras poder vivir o incluso el rechazo desde ignorancia. De ahí la necesidad por des estigmatizarla y renovarla. Tal vez lo que ocurre es que aquellos que sentimos la labor de transformarla sentimos la pulsión de hacer que nuestra danza española deje de ser un amante más, convertirla en un amor duradero que seduzca por su carisma y su virtud camaleónica, un arte más sumido en el constante movimiento. Querría mirar mi profesión y reconocer lo que me hizo elegirla con 6 años. 


Pesa en recuerdos esas aulas paradas en el tiempo con premisas nocivas pintadas desde siglos atrás, por las que pasamos todas deshabitadas, únicamente pobladas por reflejos de artistas en construcción y destrucción. Es muy probable que esa sea la razón por la que hoy en día me encuentro escribiendo de la danza con el dolor que cualquier amante exigente y arcaico ha dejado en una persona de a pie. 


Ya no estoy en el tren, estoy solo en una cafetería, también la nostalgia tiene su hueco aquí, creo que en el fondo surge de saber que siempre estoy sentado con un amante invisible que no sé hasta cuándo va a estar ahí.





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